Suponiendo que así fuera, a mi madre la encontré agonizando (el día que falleció) a las siete de la mañana.
La noche anterior, a las doce de la noche la había dejado consciente.
Pobrecita, me pregunté
–¿Desde qué hora estaría agonizando?
El día que se cumplió el primer aniversario de su muerte, quedó paralizado mi reloj a las tres de la mañana, ¿casualidad?
Cuando ella enviudó por tercera vez, le quedó un departamento en otra ciudad, el cual, vendimos y ella quería que compráramos otro para mi jubilación.
Por ese entonces supe aunque no estaba enfermo nuestro hijo Néstor, que él necesitaba un empujón y le pedí a mamá que más bien le comprara un terreno a él.
Trabajaba yo, y el tema para salir adelante era sentirse dueño de algo, no con muchas ganas mamá accedió.
Tuvo su propiedad donde a su modo, y hasta que enfermó, planificó allí su felicidad.
Consiguió hacer su taller, y por esas corazonadas de madre, fue feliz.
Hoy, al faltar nuestro hijo, se cumple el deseo del alma de mi madre, y nosotros tenemos una pequeña renta de esa propiedad, ¿casualidad?
Cada vez que iba a la casita de nuestro hijo, a limpiar sus cacharros, pues cocinaba allí, y dormía en casa, le decía siempre lo mismo, que había que reparar esa casa que se caía a pedazos. En tu lugar, traería a un obrero, y arreglaba las chapas, el aglomerado y tirantes.
A lo cual, mate entre medio, la respuesta era la misma.
-Mamá, goberná en casa, no tiraré este aglomerado.
Cada semana discutíamos lo mismo.
Al tiempo que falleció, nuestro hijo Mariano contrató a un obrero para hacer limpieza y poder alquilar.
Como siempre desde mi casa dije a Mariano,
-Decile al obrero que comience derribando los aglomerados, después dirigilo vós
¿Sabés qué ocurrió?
En nuestra casa solo en un baño hay un techo con aglomerado colocado por nuestro hijo Mariano, con clavos bastante grandes, en tres cuerpos.
El mismo día que el obrero derribaba estos aglomerados en la casa que fue de nuestro hijo, en casa, me levanto de la siesta, entro al baño y veo en el suelo uno de los tres cuerpos del techo, que había sido clavado con cinco clavos inmensos, en el suelo.
Comencé a reír como loca, sola claro, pensando, hijo ¿lo hiciste vós?
Supe que sí. Desde ese día, ya no lloré nunca más amargamente.
¿Casualidad?
Quiero aclarar que desde que nuestro hijo falleció no teníamos consuelo. Eso es normal.
Estamos preparados para perder a nuestros mayores, no a los hijos, y un día desconsolada, y no creo estar loca por hablar de esto, hablaba con mi hijo fallecido, y le pedí con el alma.
-Hijo, solo encontraré consuelo, sabiendo que en el lugar donde te encuentras, estás bien. Pero ¿cómo saberlo?
Solo vos podes darme un signo, un mensaje, si así fuera, no lloraría más, al menos así
No recuerdo cuánto tiempo ocurrió en que yo suplicara a mi hijo, por este signo de vida en ese plano, hasta que vi el techo derribado, pero sé que solo fue un corto lapso.
Tal vez piensas que soy novelera, e imaginativa.
Tampoco te equivocas. Pues lo soy. Pero a estos casos que me ocurrieron no los atribuyo a mi imaginación.
Otro de los motivos que me impulsan a escribir este libro, es que he comprobado, en un sinnúmero de casos, es que el ser humano tiene lo que desea con alma y vida. Lo ve cumplido cuando su alma tiene su propia vida, lo explicaré más adelante.
Y sobre este caso, recuerdo el deseo de mi abuelo materno Reginaldo, se ve que fue con alma y vida! de que alguno de sus nietitos siguiera su profesión, observando que al tener tres varones, estudiarían otras profesiones.
Sigue: A mis doce años más…





