Néstor Abel

Te pido disculpas por decirte que no hablaría más de mi vida, pero lo que a continuación relato es mi homenaje a ese hijo tan amado Néstor Abel, y el hecho de contarte significativas vivencias personales con él, lo es.

Siempre le dije que lo amaba, él a mí también, desde que nació. Pero fijate lo que me ocurrió.

Como te conté, semanalmente iba a su taller a hacerle una buena limpieza de los utensilios que usaba para cocinar y su heladerita. Atendía a sus clientes de la gomería, y tenía una pequeña oficina a puertas abiertas, desde su silla veía la calle, equipo musical a su izquierda, mesita con papeles, a su derecha mate y pava.

Tenía yo mi ritual de trabajo, cuando llegaba, siempre limpiaba sus cacharros. Luego, hacía un descanso.

Seguía con el resto hasta terminar, a lo cual decía siempre jocosamente a sus amigos, que cuando iba yo a limpiar no encontraba ni el compresor.

En esos descansos míos y mateadas con él, me ponía un rato música a mi gusto, y luego cuando me retiraba, ponía su música bailantera. Nuestras conversaciones, variaban.

Según el momento, pero la última vez que tomamos esos mates en su oficina, me salió algo que solo me lo expliqué después que él partió, del centro de mi alma.

Le dije,

¿Negro, vos me podés explicar, por qué soy tan feliz cuando vengo aquí? No me lo explico porque trabajo más que en casa
Te doy un ejemplo,

Si en este momento viene una persona y me dice,

Te cambio esta mañana con tu hijo por medio millón de dólares, o por cinco millones de dólares, les digo, NO acepto.

Llevate todo ese dinero, esto no tiene precio.

Digo, -“¿hijo, tanto vales?”

Jamás olvidaré que en sus ojos encontré más de todos esos dólares que circulan por el mundo. No emitió palabra alguna, solo me miró.

Justo nuestra última mateada juntos en ese lugar, que fue su nido y ¡fuimos tan felices!, como dije muchas veces.

¿Casualidad?

Y este capítulo de mi vida, también es un homenaje a este hijo, dejo en claro que el verdadero homenaje es a la voluntad de Dios.

Ya veía el fin. Pero como dicen, nadie más ciego que quien no quiere ver. De sus casi siete años de enfermedad, los últimos tres y medio, me lo pasé casi siempre internada con él.

Fijate la omnipotencia mía que gracias a Dios, la tengo asumida, le había pedido que si me lo tenía que llevar, me lo arrancara de mis manos y lo daba por hecho. Por esa razón, iba a casa a descansar, cuando no podía más.

¿Cómo el Señor no iba a cumplir mi voluntad, si nunca me aparté de su camino?

Pero Dios hizo su voluntad, y Cati la aceptó.

Hoy estoy escribiendo esto, en uno de los tres últimos días que nuestro hijo vivió con nosotros en casa, ya que su última internación fue más o menos de cuatro días y el fin. Cuando lo interno en estado deplorable, al ponerle suero, revivió (como tantas otras veces), con lo cual me vine a descansar a casa.

Al otro día era domingo, les dejé la comida hecha a todos, y les dije que volvería para el almuerzo.

Cuando llegué estaba en la sala, con el tubo de oxígeno y llamé a casa diciendo que me quedaba con él, fueron veintiseis horas a su lado, las peores de la vida de los dos.

Le ofrecía a beber algo y llorando se sacaba la máscara y me decía,

Aire, vieja…

Tuve ganas de arrancarme los pulmones míos, para dárselos pero ¡no podía!

Después de ese día interminable, el lunes casi al mediodía deciden llevarlo a terapia.

Se sacó la máscara y me dijo con autoridad –

Andá a casa a descansar

Hice caso. Tranquila en terapia no me necesitaba.

Dormí unas horas y antes de ir a la visita de la noche, me tomé la presión y era el único papel de ese registro que tenía en mi cartera.

Comento que entre mis clientes mayores, hay muchas que lo conocen de niño, ésta que menciono lo conoció no hace muchos años.

Le tomó tanta estima que siempre recordaba el día de su cumpleaños, por cumplir ella también en esa fecha, y siempre le traía un regalo, y en su último cumpleaños, trajo una afeitadora espectacular, que mi hijo adoraba, jamás había tenido una tan buena.

Cuando entro esa noche…..la última… a terapia y lo veo con respirador artificial y sus manos atadas, di un paso atrás, quedé dura, pero inmediatamente me olvidé de mí, y solo pensé en él, en darle lo mejor de mí, aunque hubiera querido salir de allí a llorar a gritos.

Tomé conciencia, me acerqué a él, y le dije;-

Negro, con tantos aparatos, tus pulmones mañana estarán destapados

El me miró, no lo podía mirar a los ojos, tenía miedo de transmitirle mi miedo y comencé a hablar tonterías.

En eso se acerca la enfermera y dice:-“Señora su hijo solo tiene jabón, tráigale usted, desodorante, shampoo y afeitadora”, y se retiró.

Cuando Néstor escucha la palabra afeitadora, con su mano derecha atada, y con la expresión de sus ojitos me hizo señas que no, enseguida me di cuenta lo que quería expresar.

Le dije:-

Hijo, no pensarás que te voy a traer aquí tu afeitadora especial, ahora te compro una común

Dicho esto, ví un alivio tremendo en todo su ser, por esa afeitadora, que él hasta en ese momento cuidaba tanto, pensando que allí se perdería. Me hizo pensar que de esa saldría, como de tantas en las que estuvo tan grave.

¿Quién piensa que alguien se moriría a las siete horas, cuando cuida su afeitadora?

Le compré lo que la enfermera indicó y le dije

-¿Quieres que me quede en la sala?

Tuvo un gesto de duda, tal vez veía el fin, pero yo no lo quise ver.

A lo cual dije, naturalmente, mejor me voy a casa a descansar, así como te conozco, vos también descansás, sabiéndome en casa. Antes de irme, él me hacía un gesto señalando su boca y su pecho.

A lo cual le dije,

Hijo, no te esfuerces en explicar lo que no puedes

Recordé el papel de la farmacia lo apoyé en mi billetera y le dije.

Si podés escribirme aquí, lo que querés decirme

¿Sabés lo que me escribió?

Sigue: Te quiero

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